El bloque de la soja en Santa Fe

El presente artículo fue escrito para su publicación en una revista porteña pero, por inciertas complicaciones internas del medio capitalino, es condenada al repositorio. Por pereza del autor, se publica recién un par de meses después de lo que la agenda lo exige. Ahí les va.

Por Rodrigo Chavez Lagraba

Decir sin decir, o cómo no decir diciendo, fue la estrategia discursiva de la cumbre del MERCOSUR en boca de los funcionarios de los países asistentes. Empezando por lo esquivo de los mandatarios presidenciales a prestar declaración a la prensa (sólo Bolsonaro permitió una ronda con medios de su país) y siguiendo con un lenguaje extremadamente técnico, oscurantista y evasivo en las respuestas de los ministros a los periodistas.48308946492_df91001fa0_o

El preacuerdo con la Unión Europea fue el tema sobresaliente de la cumbre, lo riesgoso para algunos sectores de la producción y lo beneficioso para otros. Como es sabido, el sector agropecuario es quien más celebra el potencial acuerdo frente a sectores con mayor valor agregado, que podrían sufrir la apertura de importaciones de los países europeos con mayor ventaja comparativa.

El bando ganador tiene banca

El día miércoles 17, en la última ronda de prensa brindada por los cancilleres del Mercosur, quien escribe preguntó a los cuatro representantes de los países miembros qué respuesta le darían a las personas que en esos días se habían manifestado por ser víctimas de las fumigaciones con agrotóxicos, más aun teniendo en cuenta que el nuevo acuerdo con la Unión Europea profundiza un modelo extractivista en detrimento del ambiente.

La respuesta del canciller argentino, Jorge Faurie, fue que en el preacuerdo con la Unión Europea se establece el resguardo al medio ambiente, donde Argentina se ubica en “un término medio entre nuestras posibilidades y las expectativas que pueden ser mayores por parte de la Unión Europea”. Y agregó, “No coincido en su visión del mundo de una economía extractivista. Nosotros tenemos que hacer un cuidado de los recursos naturales que tenemos y, básicamente lo que hemos propuesto es la capacidad de potenciar el uso de nuestros recursos naturales, el procesamiento de nuestros recursos naturales, nuestros productos alimenticios y nuestros sectores industriales y de servicios en beneficio de nuestras poblaciones”.

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La respuesta del canciller contiene, por lo menos, una evasión, una mentira y una negación inclasificable: En primer lugar, la pregunta apuntaba a que los representantes pudieran incluir en su discurso a la población, principalmente a aquellos que, conscientes de los daños que genera el sistema extractivista, reclaman más políticas por la salud y un ambiente sano. Entre ellos, a los “vecinos de pueblos fumigados” que concurrieron en caravana ese mismo miércoles desde el puente colgante hasta la ex estación Belgrano (sede de la cumbre), pidiendo que no se profundice un modelo basado en la depredación de la naturaleza y en perjuicio de la salud. Tal parece que a los representantes no les interesa tener como interlocutores a quienes deberían ser sus representados y su discurso es unidireccional a los mercados.

En segundo lugar, el resguardo de los recursos naturales que se prevé en el preacuerdo es, en su totalidad, de carácter productivo y no en relación a la salud y el ambiente. Es decir, se considera lo necesario para que la producción se pueda mantener o aumentar en volumen para poder ser transable en el marco del acuerdo. Esto se encuentra establecido en el apartado de “Medidas sanitarias y fitosanitarias” de los detalles del preacuerdo (disponibles sólo en inglés en la página de cancillería argentina), algo que puede llegar a sufrir modificaciones.

Da la impresión de que el ministro, cuando habla de las “expectativas que pueden llegar a ser mayores por parte de la unión europea”, se refiere a la posición vox populi de Francia, cuyas exigencias parecieran ser, a priori, en cuanto al uso de transgénicos y agrotóxicos. Sea o no que el ministro se refiera a esta situación, vale la pena aclarar ese punto en cuestión.

Todo parece indicar que el gobierno francés no tiene la intención de eliminar el uso de productos transgénicos, sino más bien el de proteger al sector agrícola local que, unido a sectores ecologistas, busca evitar la apertura de importaciones de productos agrícolas a tierras europeas; la cuestión de la utilización de agrotóxicos es parte de la estrategia para lograrlo. Pero esto no quiere decir que el país galo sea un abanderado de la agroecología. De hecho, Francia fue el mayor consumidor de plaguicidas de los países de la Unión Europea en el año 2016, último año relevado por la FAO, y tuvo un consumo mayor al de Argentina (tres veces más) en fertilizantes en el mismo año, según datos del Banco Mundial.

Por otra parte, según revela el ex director del Senasa y especialista que trabajó en el apartado del acuerdo, Juan Carlos Batista, al periodista de IProfesional Patricio Eleisegui, lo que a la Unión Europea le interesa es la propiedad intelectual de los productos fitosanitarios. Las principales empresas productoras de agroquímicos son europeas y se busca que se saquen de circulación productos cuyas patentes estén liberadas y que permanezcan en uso las que todavía tengan patentes vigentes. En síntesis, el interés europeo corre por el mismo camino que los locales, el económico.

En tercer lugar, que el ministro no “comparta” la visión de una economía extractivista puede ser considerado como una negación caprichosa. Abundan las investigaciones y trabajos académicos que desmenuzan el modo de producción basado en la extracción (sea esta minera, agropecuaria, o de otro tipo) de recursos naturales. Es eso mismo que el ministro llama “procesamiento de recursos naturales”, cambiar la denominación no elimina el hecho fáctico que constituye el modo de producción que se describe.

Brasil, verde soja

Cuando el canciller Faurie esperaba otra pregunta de los periodistas presentes, el Ministro de Relaciones Exteriores brasileño Ernesto Araújo pidió la palabra para poder responder también sobre la temática. Según el funcionario, el bloque del Mercosur es “extremadamente avanzado en términos tecnológicos y de sustentabilidad”, esto se ve, con sus palabras, en que hay “crecimiento de producción con utilización de menor área para la agricultura”. Además, resaltó que la utilización de “nuevos agrotóxicos forma parte de eso, porque son siempre más eficientes que los anteriores”.

Hay un hecho en el cual podemos estar de acuerdo con el canciller, el aumento de utilización productos agrotóxicos. Para ponerlo en números, según revela Greenpeace, desde la llegada de Bolsonaro al poder, el incremento de la liberación de agrotóxicos por parte del gobierno fue de 239 en este primer semestre y esperan sumarse otros 538 productos. Un número “inédito y preocupante”, según publicó la ONG.

Además, se advierte de que el 43% de los productos liberados son altamente o extremadamente tóxicos y nada tienen de nuevos, al contrario de lo que asegura Araújo. Tan alto es el número de agrotóxicos liberados en Brasil que el medio “Por tras do alimento” creó “robotox”, un robot que twitea cada vez que el gobierno aprueba la utilización de un nuevo agrotóxico.

Cabe agregar que Brasil es el segundo productor mundial de soja después de EEUU y que este producto es el primero en el ranking de exportación del país (12% de las exportaciones según datos del año 2017 de la OEC). Además, China es el principal destino de esas exportaciones con el 22% del total y eso, tal vez, sea un aliciente para valorizar todavía más el acuerdo comercial con la Unión Europea.

Esta postura cobra más sentido cuando aparecen evidencias de la posición “anticomunista” del funcionario, la cual queda explicitada en un artículo publicado por Araújo en la revista “Cadernos de Política Exterior” de la FUNAG en el año 2017. En él, el diplomático opina que Donald Trump puede ser una esperanza para occidente pos su postura “antiglobalización” que podría limpiar la diplomacia que dejó “el marxismo cultural”.

Por otra parte, en un discurso pronunciado en el Instituto Rio Branco (escuela diplomática brasileña), Araújo aseguró que Brasil puede “vender soja, hierro, pero no debe vender su alma”, haciendo referencia a las exportaciones al país asiático. En consonancia con esta postura, el ministro inició una cacería de brujas dentro del ministerio purgando todo lo que huela a “marxista”, eliminó y modificó órganos que trabajan por el Medio Ambiente y DDHH,  y modificó la curricula de formación de diplomáticos, eliminando capítulos sobre América Latina y sumando la asignatura de Filosofía Clásica[5].

Con lo antedicho, no es difícil suponer que el gobierno brasileño prefiera comerciar con Europa en vez de profundizar relaciones con los “marxistas” chinos.

Sinceridad a la uruguaya: primero el negocio, después la salud

Ni bien finalizó el acto de firmas de los presidentes de Argentina, Paraguay, Uruguay y Chile que sella el acuerdo para postular a estos países como sede del mundial 2030, pude interceptar en el pasillo al canciller uruguayo Rodolfo Nin Novoa, antes de que se retirara de la cumbre, y hacerle la misma pregunta que le haría posteriormente al resto de los cancilleres.

“Yo creo que hay que regular el uso de los agrotóxicos”, dijo Novoa, “pero la agricultura moderna precisa de otros mecanismos que abaraten los costos de producción. Si nosotros volvemos a la siembra con arado y con rastra y con sembradoras, una vez por turno, indudablemente, con los precios del combustible que hay en el mundo, se hace absolutamente inviable la agricultura y, por lo tanto, pone en riesgo el suministro de alimentos adecuados e inocuos”, sentenció el canciller.

Lo que sorprende de la respuesta del canciller es la sinceridad, que sobresale sobre el exceso de definiciones eufemísticas del resto de los políticos presentes en la cumbre. Lo que no sorprende es el interés del gobierno uruguayo de profundizar el sistema de producción transgénico agropecuario. Porque, si bien los bienes agropecuarios no están primeros en el ranking de exportación, ocupan el segundo lugar en una economía mucho más diversificada que, por ejemplo, la Argentina.

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Para ser más precisos, según los datos brindados por el ministerio de economía uruguayo, en la campaña 2018 decreció la producción sojera, principalmente exportada al mercado asiático. Y, más allá de que las ventas a Asia representan el %30 del total, se valora, según el gobierno, el incremento de producción agropecuaria de esta última década; y se resalta que esta mejora se debe a la permisividad que se da al ingreso de capitales transnacionales. Este aumento de producción, reza el documento oficial del ministerio de economía, “dio oportunidad de desarrollo a industrias conexas como la de sustancias químicas para el agro (fertilizantes)”. Además de resaltar que “las inversiones extranjeras introdujeron nuevas prácticas productivas y empresariales e innovaciones que luego fueron adoptadas por los productores uruguayos lo que redundó en un importante aumento de la productividad del sector”.

En síntesis, lo que el canciller Nin Novoa plantea como la “única vía” para la producción agropecuaria,  no hace más que resaltar la apuesta del gobierno por el ingreso de divisas por sobre los daños a la salud y el ambiente de los uruguayos; es decir, una apuesta por un modo de producción transgénico por sobre alternativas como la agroecología.

Por último, el destino asiático de la producción sojera hace tambalear la tesis del canciller de que la introducción de tecnología en el agro genera “alimentos sanos e inocuos”. De hecho, esos “alimentos sanos e inocuos” que exporta el Uruguay son, principalmente, granos de soja para la producción porcina de China.

La fuerza ciega de la producción

La síntesis argumental de los políticos del Mercosur estuvo dirigida a la competitividad del sector agrícola a nivel internacional, una reivindicación de un modelo primario exportador. En cambio, los límites del modelo extractivista fueron negados, evitados o justificados. Dichos límites se expresan en los cuerpos y en el ambiente de los pueblos fumigados, además de hacerlo en los productos alimenticios obtenidos bajo este modelo.

Mientras que para el canciller argentino hay que “procesar” recursos naturales, el ministro brasileño afirmó que hay que producir más en menos espacio y el canciller uruguayo aseguró que hay que incorporar tecnología, el canciller paraguayo optó por no emitir palabra alguna en la ronda de prensa.

Seguramente, y teniendo en cuenta la realidad paraguaya, el político podría haber ensayado la misma respuesta que apunta a maximizar los rindes para mayores beneficios económicos por sobre los costos biológicos y naturales que trae aparejado el modelo.

Ni siquiera la Bolivia de Evo Morales queda exenta de esta lógica. Es más, según el colega Daniel Ramos Mayta, de la Agencia Boliviana de Información, “Bolivia está creciendo mucho en agricultura, está aprendiendo mucho de su socio de Paraguay”, además el cronista, presente en la cumbre de Santa Fe, aseguró que se “aprobó el uso de ciertas semillas para mejorar la producción de soja” a la vez que aclaró que “el gobierno siempre ha dicho que no se puede usar libremente los transgénicos”.

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Por otra parte, el presidente boliviano, en un acto en la Casa Grande del Pueblo el pasado 22 de julio, alertó que “es Importante que revisen los programas de candidatos rumbo al Bicentenario, algunos partidos quieren acabar con el llamado Estado extractivista”. El argumento de Morales es que  “la derecha no quiere aprovechar los recursos naturales”.

Evidentemente, no hay un “príncipe virtuoso” en Latinoamérica que colme el ideal político de Maquiavelo: estos mandatarios se rigen por la fortuna (suerte), y es ella la que determina el criterio con el cual se estructura la actividad política. Si bien es cierto que un gobierno de corte progresista como el de Bolivia puede redistribuir más equitativamente la renta nacional y dar participación a sectores históricamente postergados, no llega al punto de poner un freno, ni siquiera una voz de alerta, frente a una economía no sustentable.

Las voces de las corrientes postextractivistas que buscan deconstruir la irracionalidad económica, para construir  una racionalidad ambiental, las mismas que buscan sentar las bases de los Derechos de la Naturaleza junto a los Derechos Humanos, esas voces que pregonan una filosofía del Buen Vivir (Sumak Kawsay) no encuentran eco en la política democrática contemporánea.

Hace décadas, Horkheimer advertía que “la historia de los esfuerzos del hombre destinados a subyugar la naturaleza, es también la historia del sojuzgamiento del hombre por el hombre”.  Y, con la reproducción sistémica del mismo modelo regido por la razón instrumental, podríamos agregar que la historia del modelo extractivista será la historia de la negación de la humanidad.

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